lunes, diciembre 15, 2008

La Gratuidad De La Gracia

Si por un lado de Lubac subrayó que para tratar el problema de la gratuidad de la oferta de la gracia divina no había que pensar en una hipótesis en la que Dios pudiese haber creado un mundo al que no le hiciera la oferta de la gracia, por el otro lado era inevitable que al haber arremetido contra tal hipótesis se le acusara de estar minando el caracter gracioso del llamado a lo sobrenatural. Henri de LubacTan unidos estaban estos dos aspectos, tan sólida había sido la aceptación de esta hipótesis, que sería extremadamente dificultoso cuestionarla sin que se entendiese que se hacía partido con Bayo negando el aspecto gratuito de la vida sobrenatural.

Es por esto que de Lubac dedica todo un volumen que titula "Agustinianismo y Teología Moderna" (Augustinianism And Modern Theology) para tratar el caso de Bayo-Jansenio y haciendo una exégesis ortodoxa del pensamiento de San Agustín le corrige a ambos desde adentro. Precisamente con los elementos que ellos querían usar a su favor para mostrar que tenían razón.

Empezando por la condición primaria del hombre de Lubac opina que no es cierto que al resistir el pesimismo infralapsario que caracteriza a Jansenio se da paso para que adoptemos ni el optimismo supralapsario de Bayo ni el humanismo secularista típico de algunos filósofos. Tanto Jansenio como Bayo cometían el mismo error y era pensar que antes de la caída Adán no tenía necesidad de una ayuda especial de Dios y que lo que Adán lograba así entonces eran méritos meramente humanos. Interpretando a San Agustín correctamente de Lubac muestra que lo que el obispo de Hipona dice es que a Adán nunca le faltó la ayuda sobrenatural de Dios, no que no le hiciera falta en el sentido de que no la necesitaba sino que Dios siempre se la dio. Esto hace que aun en su estado de impecabilidad Adán dependía completamente de Dios. Esto era algo que no lo veían muy claro estos “agustinianos”.

Jansenio, por ejemplo, pensaba que San Agustín era de la opinión que Adán sólo recibía gracias suficientes y que nosotros sólo recibimos gracias eficaces. Si esa división existiese en San Agustín pues, piensa de Lubac, forzosamente tendríamos que darle la razón a Jansenio. Pero la verdad es que en San Agustín existe una división entre gracia suficiente y eficaz, pero no como la piensa Jansenio. De Lubac muestra que tanto en Adán como en nosotros existen las dos gracias y que por tanto Adán y nosotros siempre estamos sujetos a la ayuda de Dios para obrar el bien. Para Jansenio la gracia siempre aparece como algo que lucha contra una voluntad malévola, sin embargo de Lubac muestra que en San Agustín la gracia es también algo necesario para la voluntad sana, que sin esta gracia la voluntad no se podría mantener en el bien. De esta manera la gracia no tiene por qué aparecer como algo contrario a la voluntad sino como algo que convive con la voluntad y la actualiza.

Por su parte Bayo opinaba que estas ayudas eficaces de Dios para Adán, así como la infusión de la gracia y la inhabitación del Espíritu Santo en nosotros, son requerimientos para obrar el bien, pero no pueden ser considerados como una gracia sino como parte constitutiva de nuestra naturaleza. Que Dios no podría habernos creado sin estos regalos.

Aquí está el meollo del problema con de Lubac. Cuando la Iglesia condena a Bayo, y cuando el Papa Pío XII publica la encíclica Humanis Generis lo que dicen es: “Otros desvirtúan el concepto del carácter gratuito del orden sobrenatural, pues defienden que Dios no puede crear seres inteligentes sin ordenarlos y llevarlos a la visión beatífica”. Es ahora evidente que de Lubac tendrá que tomarse duros momentos para explicar cuál es su intención y tener cuidado de explicar qué es lo que él propone.

Así de tajo de Lubac siempre vuelve a la afirmación de que Dios puede crear seres inteligentes sin llamarlos a la visión beatífica, él nunca dice lo contrario. Lo que de Lubac sí dice es que Dios no ha hecho eso, que en el orden real de las cosas Dios no lo ha hecho. Con afirmaciones como la de Humanis Generis lo que se subraya es la libertad graciosa con la que Dios ha decidido crear el orden actual del mundo, pero de Lubac nunca ha puesto eso en duda.

Para de Lubac de ninguna manera se puede hablar de una obligación de parte de Dios, ni siquiera imponerle ningún tipo de necesidad a Dios. Ni siquiera al enfatizar tanto el carácter, casi desesperado, con el que nuestra naturaleza humana clama por la presencia de Dios se puede hablar de un requerimiento natural de lo sobrenatural. Dios no queda obligado por nada, para de Lubac ese deseo es natural porque Dios lo ha sembrado en nosotros, pero en ese deseo natural no hay ni siquiera el más mínimo efecto activo o eficiente para lograr lo que él desea, ese deseo siempre será abierto, siempre será un deseo que recibe que se abre a recibir, nunca algo que produce o crea de por sí mismo lo que anhela. Tampoco pone este deseo a Dios en estado de deuda. De Lubac siempre considera a Dios como primero, Él siempre se mueve primero, su acción siempre nos antecede, su voluntad siempre es primero, y su libertad soberana e incondicionada nunca es puesta en tela de juicio ni por nuestra creación ni por nuestros deseos.

Contra lo que de Lubac lucha es contra una hipótesis en la que se plantea un fin meramente natural para el hombre con tal de salvar la gratuidad divina. De Lubac ni siquiera es de la opinión que uno pueda deshacerse de esta teoría de la naturaleza pura (TNP), ni siquiera la acusa de heterodoxa, lo único que de Lubac señala es que ella no puede lograr lo que pretende, que ella no es útil para preservar la gratuidad de la gracia. Que no es cierto que al encerrar a un hombre hipotético en un mundo natural con un fin natural se puede preservar el movimiento gracioso e indebido de Dios a su criatura; esta TNP es la herramienta menos idónea para lograr eso.

De Lubac entiende que todos los padres de La Iglesia sabían y defendieron el carácter gratuito de la oferta divina de la gracia, pero ellos nunca pensaron en Dios como creando una naturaleza encerrada en sí misma a la que luego se le añadía algo externo como una sobrenaturaleza. Para de Lubac toda La Iglesia hasta la nefasta llegada de la TNP pensó en un Dios gracioso que creó al hombre no sólo con la intención de hacerle un llamado a la gloria sino que lo creó con ese fin. Lo que de Lubac propone es volver a considerar el fin del hombre como uno solo: el sobrenatural y reconocer que en el hombre hay un deseo natural por este fin, que es uno sólo: el Dios soberanamente gracioso y libre que lo creó.

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