miércoles, abril 01, 2009

Justificación 101 (II)

El Paso de la Impiedad a la Justicia

El hecho de que Adán haya terminado pecando lo que nos dice es que la justificación no se puede igualar infantilmente a la consecusión de la vida eterna. De hecho, San Pablo le escribe a Tito claramente que la gracia que nos justifica nos constituye en herederos en esperanza de vida eterna. El regalo de la justificación puede ser frustrado, es decir, en los términos que hemos hablado Dios ama al hombre y lo amará siempre, sin condiciones y sin nada que haya en el hombre que pueda impedir este amor, pero la justicia que Dios le imparte al hombre, ese amor con que el hombre corresponde al amor de Dios y le honra justamente como debe, eso es lo que el hombre puede perder.

El error más grande que podemos cometer al pensar en la justificación del pecador es imaginarnos que es con ese acto que Dios comienza a amar al hombre o a mostrarle su favor, como si Dios pudiera crear algo a lo que no amara, como si el Creador que ES Amor pudiera crear sin amar o como si alguna cosa creada pudiera impedirle al Dios Amor ser lo que Él ES y relacionarse con lo creado sin amarle. Eso lo ha enseñado San Pablo una y otra vez, pero aquí en Tito se está refiriendo a una manera particular de la manifestación del Amor de Dios cuando transforma al pecador, eso es justificación.

Lo que Dios logra en la justificación de un pecador es devolverle lo que perdió Adán o lo que perdió él personalmente en caso de que ya lo hubiese recibido anteriormente, esto es: la capacidad de corresponderle a Dios con amor, en otros términos: la comunión amorosa con Dios. Pero el Creador siempre ama, aunque el pecador no corresponda.

Cuando uno habla de amor humano que corresponde al amor de Dios es demasiado fácil cometer el gravísimo error de imaginarse que entonces lo que nos justifica son las obras de amor que nosotros hacemos para manifestarle a Dios que le estamos amando y entonces, dada esa "realidad", pasamos de ser injustos a justos. No sólo San Pablo condenó esta idea cuando le dijo a Tito "no por obras de justicia", sino que en lo más interno del hombre es imposible que él pueda crear en sí mismo la disposición y la capacidad para amar a Dios sin que sea Dios quien se la devuelva. Es decir, no es sólo que La Revelación nos ha dicho que no es por obras nuestras que Dios nos adentra a su comunión sino que nuestra misma realidad nos grita y demuestra que, como criaturas que recibimos del Creador nuestro ser y capacidades, no podemos crear algo en nosotros mismos que no tenemos manera de crear. Y aquí lo relevante no es la absoluta y total imposibilidad que tiene el hombre de incluírse a sí mismo en el círculo de intimidad con Dios, sino que Dios siempre quiere incluírlo, a cada pecador, siempre.

Este Juez-divino que hace de la justificación meramente una no-imputación del pecado o positivamente un imputar o acreditar la justicia de Cristo al pecador no es el Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo que cuando nos salva lo hace por mediación de la Cruz de Cristo mereciendo para nosotros el derramamiento del Espíritu Santo para que este nos lave y regenere graciosamente, no ya por nuestras buenas obras sino en ausencia de ellas. La justificación del pecador no es una ficción legal, consiste en esto, en que él recibe en su vida purificación y elevación al orden de hijo-heredero de Dios por la gracia de la misma recepeción del Espíritu Santo.

Ciertamente el Padre decide no imputarnos nuestros pecados y decide imputarnos la justicia de Cristo, pero estas categorías nos esconden el rostro de Abba; nos obligan a pensar en términos de cómo yo paso a estar en rectitud con Dios y es esto lo que conduce a que terminemos hablando de libertad humana, de mérito, de preparación, de cooperación, de infusión de gracia, de gracia creada y demás. Cuando se tiene temor de entender que el hombre hace algo o que es su disposición la que logra que Dios le sea benévolo y le justifique, no se puede esperar inventar alguna categoría que le haga justicia a la Revelación. Justificación es única y exclusivamente la acción de Dios, no tiene sentido hablar de pasividad en el hombre, porque el hombre no está pasivo cuando es justificado; lo que se tiene que entender es que todo el obrar del hombre, aunque sea elevado a la potencia infinita jamás será la causa de que Dios le justifique, sino en sí mismo parte del obrar de Dios en él. La justificación es obra exclusiva de Dios, en el hombre, pero es acción divina.

El hecho de que exista en el hombre una disposición antes de que él quede justificado, tampoco implica que el hombre de sí mismo deja de oponer resistencia a la gracia sino que el Amor mismo de Dios, antes de inhabitar al hombre y otorgarle la justicia con la que él será justificado, lo prepara y adecúa para recibir este regalo. Pero antes del regalo el hombre sigue siendo un rebelde pecador heredero de muerte, sin el don de la justicia de nada le sirve al hombre esta preparación si no llegara a ser alcanzado por la justicia divina. Es el mismo regalo de la justicia de Dios lo que transforma al hombre, es el mismo regalo de Dios el que dispone al hombre, es el mismo regalo de Dios el que crea, posibilita y actualiza la fe, la esperanza y la caridad en el hombre.

Para uno entenderse tiene que pensar en la justificación como en un proceso, como en una serie de momentos continuos. Pero cuando hacemos esto estamos haciendo exactamente lo mismo que se hace cuando uno toma una representación del globo terráqueo y convierte la esfera del planeta en un mapa extendido en una superficie plana; los dos polos, que en la esfera eran un solo punto cada uno, en este plano se han convertido en una línea recta continua prolongada. Eso mismo pasa con la justificación cuando la explicamos en términos humanos, pensamos en una serie de pasos que incorrectamente llamamos "momentos" cuando en realidad estamos hablando de algo que Dios logra en un sólo instante, en un sólo punto, en un acto único.

Eso es lo que dice San Pablo en Tito 3, Pablo ha recogido lo que nuestra mente ha dividido y lo ha empaquetado en la simplicidad divina para mostrarnos que todo en la justificación le corresponde a Dios, que eso es actividad suya única. Pablo no sólo excluye la actividad humana como causante de este acto divino, sino que incluye en él la renovación y regeneración del hombre, para que entendamos que la justificación no tiene una serie de momentos donde vamos progresando hasta quedar justificados sino que el paso de la impiedad a la justicia se da en un santiamén, en una ráfaga de la simplicidad del Amor divino.

Evidentemente San Pablo tiene en su mente que esta justicia debe ser mantenidad y que en ella se puede madurar, y lo muestra claramente en este mismo capítulo. Pero nunca estará en la mente del Apóstol (¡y menos en la de Dios!) que el hombre pueda hacer algo suyo para pasar de la impiedad a la justicia.

Parte I

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